En los pueblos pequeños cada vez va quedando menos gente mayor.
Se nos va yendo una parte de nuestra historia que en breve será una completa desconocida.
Caminando por los senderos salmantinos en una plaza con las puertas abiertas de la zona baja de la casa, una abuelillo estaba atareado en preparar las aceitunas con método tradicional.
Me encantan las aceitunas, pero cada vez las compro menos por la cantidad de aditivos que le echan. Por eso me acuerdo de aquella mañana donde su vivaraz mirada verde hacía juego con esa manera de expresarse sin pensar, dejando que las palabras salieran de su boca, como un recuerdo que sabes que no es reciente pero que está vívido en tu mente.
Ataviado con una gorra para protegerse de los penetrantes rayos de sol manipulaba con destreza una pequeña navaja con la que abría con un ligero corte las aceitunas.
Es muy posible que esta persona solo esté ya presente en mi recuerdo.
Recuerdo agradable, amable y hasta dichoso al volver la vista atrás y haber sido testigo de que ha pasado por este mundo, uno más de la intrahistoria unamuniana (con la que me siento bastante identificado).
En su obra ensayística “En torno al casticismo” (1895), Unamuno pone hincapié en la historia íntima y silenciosa de los millones de personas anónimas que, con su labor cotidiana, son soporte del fluir de la humanidad.

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