Echemos la vista atrás
hacia los dorados años de la niñez
cuando de paseo íbamos de la mano
con nuestros padres,
podría ser perfectamente un domingo,
Cuando no estaban tan ocupados como a diario.
Las zonas de paseo siempre eran lugares comunes
donde nos integramos en la colectividad
se cumplía con los saludos y los guiños
en la mirada, no sé si yo llegaría a entenderlos.
Era divertido ver el bullicio
y soltarte de la mano para correr,
quizá ya buscábamos esa libertad
de la que gozaban los adultos.
Y, cómo no, en esos lugares algunos
se ganaban el sustento
ante el irresistible tintineo de peticiones…
anda, cómprame esto, cómprame los otro.
No podíamos apartar los ojos de ese señor
con su roja lata cilíndrica que escondía el tesoro,
el barquillero siempre atento con los niños
su sonrisa era el gesto cómplice
la obligada parada.
La transacción por una moneda era
poder hacer girar con todas tus fuerzas
la traqueteante ruleta entre pequeños barrotes
cruzando los dedos y cerrando los ojos
para que se parara en el mayor de los números,
y así conseguir el dulce premio, canuto o abanico
de harina, azúcar y agua… los barquillos.
Hacerlos crujir entre los dientes
sentir el apacible sabor en la boca
y notar cómo resbalaban
pequeñas y finas laminillas
entre las comisuras de los labios
significaba la mayor de las felicidades…
hasta que se acababan.
Hoy también esa silueta del barquero
con su barquilla al hombro colgada
eso, indefectiblemente, también ha acabado;
esta actividad ambulante de repostería
perdura en los ecos de cuando fuimos niños…
“Al rico barquillo de canela
para el nene y la nena”.
José Luis

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