Rubricada milimétrica la nívea tierra
en líneas perdurables que se cortan
como encrucijadas accesibles para peregrinos
por esos terrenales y casuales parajes que, a veces,
no los elegimos pero en los que nos dejamos llevar.
Dos verdes pupilas que observan atentas
el errático transitar de un tiempo ingenuo,
pareciera la adánica mente en su recorrido
por la turbadora fábula de los amaneceres
prometidos y tan deseados, pero escurridizos
entre temblorosos, suaves y tiernos dedillos
de un recién nacido a la luz de las palabras.
El corazón siente invariable la presión de los anales,
ya no está presente aquella infinitud del tiempo,
y como una piña que ha ido abriendo sus semillas
esparcidas en las acciones, pensamientos, reflexiones
de los aconteceres tras la rutina continuada y vivencial,
la vista atrás se torna un juego de escondite y pilla-pilla.
Abro ventanas para que el aire entre e irrumpa en mi cara
con ese soplo que atempera la esperanza de no ser ficción,
de haber dado valía, al menos, a algunos momentos, pocos
que me permitan despedir el día, impulsar mi instante
con una sonrisa entre los recuerdos que aún me existan.
José Luis
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