La fortaleza del árbol en su madurez contrasta con su incipiente inicio oculto bajo tierra.
Sorprende su magnitud en la sombra, en el mecer del viento ululando gratos sonidos, en el abrazo cálido y reconfortante.
Al igual que las personas, en su madurez, soporta las inclemencias que le son innatas y, a veces, toma extrañas formas en su dignidad.
Podemos dejar a la imaginación lo que su contemplación nos produce (y hasta sentirlo como propio).
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