domingo, 9 de agosto de 2026

Barquillero y barquillera


 

Echemos la vista atrás

hacia los dorados años de la niñez

cuando de paseo íbamos de la mano

con nuestros padres,

podría ser perfectamente un domingo,

Cuando no estaban tan ocupados como a diario.

  

Las zonas de paseo siempre eran lugares comunes

donde nos integramos en la colectividad

se cumplía con los saludos y los guiños

en la mirada, no sé si yo llegaría a entenderlos.

  

Era divertido ver el bullicio

y soltarte de la mano para correr,

quizá ya buscábamos esa libertad

de la que gozaban los adultos.

  

Y, cómo no, en esos lugares algunos

se ganaban el sustento

ante el irresistible tintineo de peticiones…

anda, cómprame esto, cómprame los otro.

  

No podíamos apartar los ojos de ese señor

con su roja lata cilíndrica que escondía el tesoro,

el barquillero siempre atento con los niños

su sonrisa era el gesto cómplice

la obligada parada.

  

La transacción por una moneda era

poder hacer girar con todas tus fuerzas

la traqueteante ruleta entre pequeños barrotes

cruzando los dedos y cerrando los ojos

para que se parara en el mayor de los números,

y así conseguir el dulce premio, canuto o abanico

de harina, azúcar y agua… los barquillos.

 

Hacerlos crujir entre los dientes

sentir el apacible sabor en la boca

y notar cómo resbalaban

pequeñas y finas laminillas

entre las comisuras de los labios

significaba la mayor de las felicidades…

hasta que se acababan.

  

Hoy también esa silueta del barquero

con su barquilla al hombro colgada

eso, indefectiblemente, también ha acabado;

esta actividad ambulante de repostería

perdura en los ecos de cuando fuimos niños…

“Al rico barquillo de canela

para el nene y la nena”.

 

José Luis

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